Su primera vez en el estadio viendo al América

Publicado 01 abr 2016 author.prefix César Polanía signature.placeholder
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Supe de la afición de Manuela por el fútbol hace unos tres años. La niña andaba entonces por los 6. Se sentó un sábado en la tarde a mi lado para ver por televisión el clásico entre el Real Madrid y el ‘Marcelona’, como ella decía. Le pregunté que cuál equipo le gustaba más. Me contrapreguntó que en cuál jugaba Messi. “En el equipo de azul con rojo”, le respondí. “Ese es el que me gusta”, me contestó.

Desde ese día, Manuela no deja de preguntarme cuándo juegan Barcelona (ahora lo dice bien) y Messi. Luego supe que le había pedido al Niño Dios un balón de fútbol y que en el colegio jugaba este deporte en la hora del descanso.

Con el paso de los días, nuestro diálogo sobre fútbol se hizo más rutinario e intenso. Siempre Messi. Siempre Barcelona. Y a veces la Selección Colombia. Y a veces James. Una vez me dijo que quería conocer el estadio y le prometí que la llevaría. Y ese día llegó, pero previamente tuvimos una conversación clave. Le recordé que ella era seguidora del equipo catalán y que la he visto con la camiseta amarilla de Colombia cuando juega la Selección, pero le pregunté si le gustaba algún equipo de la ciudad. “Pues si yo soy de Cali, imagino que me gusta el Cali”, me dijo. “¿Y el América?”, me preguntó de inmediato. Le di una respuesta salomónica: “Mira, Manuela: el Cali está en la A, es decir, en el torneo más importante de Colombia, y tiene nueve estrellas. América tiene más títulos, trece en total, pero está en la B, es decir, por debajo del Cali. Te propongo algo: vamos a ver los dos equipos y tú decides”. “Trato hecho”, me respondió.

El pasado lunes festivo le cumplí la mitad de la promesa. La llevé al Pascual, junto con mi esposa y mi hijo, que tiene 13 años. Jugaban América y Llaneros. Un partido de trámite. Nada que se asemeje a una final. Pero como si lo fuera. Porque cuando llegamos, fue difícil encontrar parqueadero. Luego, rumbo hacia el estadio, casi se hizo imposible pasar. Una barra brava del América se tomó la zona de acceso para protestar contra el presidente Oreste Sangiovanni frente al bus del equipo. Entre sus gritos y el humo de la marihuana casi nos ahogamos, pero finalmente llegamos a la puerta de ingreso. Las filas, créanlo, eran inmensas, pero eso era lo de menos. En el momento de entregar las boletas para ingresar, el tornero y el agente de policía que lo acompañaba para la respectiva requisa pretendían que Manuela, que apenas tiene 9 años, entrara por una fila distinta a la mía, perdiendo momentáneamente el contacto. ¡Absurdo!, por donde se le mire. Terminaron por darme la razón.

Ya dentro del estadio, los ojos de Manuela brillaron cuando subió al segundo piso de Occidental y pudo hacer un paneo de norte a sur de la majestuosidad del Pascual, que, no sé todavía por qué, recibió esa noche, en pleno lunes festivo de Semana Santa, 26.000 almas americanas. Su cara solo transmitía alegría. Gritó cuando los rojos saltaron a la cancha y vio caer papelillos blancos. Cantó el Himno Nacional en la ceremonia previa al partido y, con mayor ahínco, el gol del empate parcial 1-1 del ‘Tecla’ Farías. Luego vino el 2-1 a favor de Llaneros. Y con ello, el rato amargo para Manuela. Y no propiamente por el resultado…

Los hinchas entraron en ira con el árbitro y con el técnico Alberto Suárez por sus decisiones. Entonces, las vulgaridades y las ofensas llegaron por doquier y de todos los calibres. Una tras otra. Cómo ráfagas disparadas por ametralladoras. Cuando el ‘fuego’ parecía haber cesado, un aficionado que estaba justo detrás de Manuela se paró y le gritó al técnico escarlata, a todo pulmón: “Suárez, sos un burro triplehijue… merecés que tu mamá se muera”.

Manuela, a quien en su casa y en el colegio le han enseñado el valor del respeto, se asustó y soltó el llanto. “Vámonos, estos señores se están enojando y algo malo va a pasar”. Abandonamos el Pascual 20 minutos antes de terminar el partido. Rumbo a casa, le pregunté cómo la había pasado. “Me divertí un rato, pero no me gustaría volver al estadio. Es que hay gente muy violenta y muy grosera”, me respondió.

Ahora no sé si cumplirle la otra mitad de la promesa, la de ver al Cali en Palmaseca. No quiero espantarla. Por lo pronto, le diré que el sábado es el clásico entre Real Madrid y ‘Marcelona’, perdón, Barcelona, y que podremos verlo por televisión sentados en un sofá con Coca Cola y crispetas.

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